lunes, 28 de julio de 2014

¿Cuál puede ser el aporte del movimiento libertario a una transición post-capitalista? (Por Emilio Santiago Muiño)

Emilio Santiago Muiño
El movimiento libertario, que hace unos años alguien que no recuerdo denominó con sana y humorística autocrítica  “el meneillo libertario”, ya no posee el vigor orgánico que tuvo históricamente en la década de los treinta. Y aunque sería erróneo y disparatado mencionarlo en mayúsculas, como se hacía en aquellos años dorados cuando existía una base organizativa coordinada, el movimiento libertario sigue teniendo, incluso en sus formas orgánicas, una presencia que no es testimonial (aunque no todas las organizaciones se reconozcan unas a otras sin fricciones). Más importante todavía que las organizaciones, el movimiento sigue vivo sobre todo en un especie de mitología, un espíritu ideológico difuso y una cultura política que empapa muchos movimientos sociales, influyendo en sus métodos (asamblea, autogestión, acción directa) y creando híbridos curiosos, como sucedió con el 15M. Creo que no patiné demasiado cuando unos amigos anarquistas cubanos me preguntaron por el 15M yo, intentando explicar alguna de las corrientes predominantes de su naturaleza tan diversa y frondosa, hablé de socialdemócratas libertarios (socialdemócratas en sus fines, libertarios en sus medios).
Pues bien, ¿qué tiene que decir el movimiento libertario, tanto el organizado como el difuso, ante muchos de los retos políticos y sociales del presente? Por ejemplo, ¿cuál debe ser su papel en la defensa de servicios públicos fundamentales para las clases trabajadoras y populares, pero cuya gestión y diseño no dejan de formar parte de los tentáculos del Leviatán estatal? ¿Qué   posición tomar ante las reivindicaciones nacionalistas (y estatalistas) en auge entre pueblos de la periferia del Estado español? ¿Y con respecto a la canalización creciente de muchas energías contestarías hacia formas de participación política institucional? Y de modo mucho más general, ¿cuál puede ser el aporte específicamente libertario a un proceso de transición social post-capitalista en el aquí y el ahora, transición que para poder llegar a cuajar en sus desarrollos iniciales seguramente deba parecerse más a un proceso de ruptura con el neoliberalismo que a un ataque directo a los fundamentos de la sociedad capitalista? Me centraré en esta última pregunta, pero la respuesta podría servir para cualquiera de las otras, porque se trata de un problema transversal.
Parece que si la transición post-capitalista toma formas de negociación o participación dentro del marco de poder del Estado, como sería una ruptura del régimen de 1978 y la apertura de un proceso constituyente, el movimiento libertario está condenado a quedarse al margen. Lo mismo ocurre con muchos otros horizontes de lucha, donde si el movimiento libertario está, está con complejos (por ejemplo, en la defensa de los servicios públicos).  Esta realidad parte de un enroque que algunos consideramos un grave error. El asunto es mucho más complejo, pero se puede resumir y simplificar de la siguiente manera: esperar por una revolución integral y sin concesiones que cumpla con las altas expectativas del Ideal anarquista.
Un apunte de sentido común: para que algo así sucediera sería necesario un movimiento libertario enorme y unánime. Me refiero a millones de trabajadores agrupados en organizaciones anarquistas, a una escala sin duda superior a la 1936 (en la que el casi millón y medio de militantes de la CNT no garantizaron el éxito de la Revolución Social). Y ni con esa acumulación de fuerzas, que es pura ciencia ficción política en el año 2014, el movimiento libertario tendría garantizada una superación histórica del Estado por las muchas complicaciones inherentes a un proceso de ruptura revolucionaria, entre otras las posibilidades del deslizamiento hacia la guerra civil y a la intervención militar extranjera. Pero este escenario siempre será hipotético: los procesos sociales nunca serán tan unánimes, se presentan más bien como realidades mestizas y complejas.
“No vamos a transformar nada solos, y el más profundo vanguardismo consiste en imponer a las multitudes que es lo que debería de importarles”, dice con sabiduría José Luis Carretero Miramar en sus “Siete tesis para un movimiento libertario en medio de la tormenta”, afirmación que comparto por completo, como casi todo el documento, que me parece fundamental para la reflexión anarquista actual. Añade además Carretero otro argumento de peso: la acción anarquista siempre ha sido una militancia ligada a los movimientos de masas y las grandes luchas sociales.  Y esto significa, sencillamente y aunque no nos encontremos del todo cómodos, estar ahí, como dice Jorge Riechmann en una reflexión ética y poética cargada de sentido político: tenemos que estar ahí y participar no en el mejor de los procesos revolucionarios, no en la verdadera lucha que siempre parece que está ausente (como decía Rimbaud de la verdadera vida), sino en estosprocesos y en estas luchas, que son los que tenemos y los que decidirán las cosas.
El telón de fondo de una crisis civilizatoria que plantea futuros mucho más traumáticos de los que solemos imaginar exige que el movimiento libertario tome una decisión: o permanecer encerrado en sus guetos o mancharse las manos y confluir con otras fuerzas sociales en la ruptura  y transición post-capitalista. Ambas cosas pasarán, y ni siquiera es algo malo: que una idea mantenga el vigor suficiente para influir en el mundo necesita de algo así como “reservas espirituales” o “guardianes de las esencias”. En otras palabras, gente convencida que preserve, en sus prácticas, los fundamentos de una apuesta antropológica tan profunda como es el anarquismo. En definitiva, los puretas cumplen un papel, sin duda clave. Pero al mismo tiempo necesitamos que los anarquistas, o al menos muchos,  lleven sus propuestas y sus metodologías a confluir allí donde se gesten las palancas y las fuerzas reales de la transformación social, aunque esta tome formas con la que los anarquistas no estén de acuerdo. Necesitamos anarquistas capaces de contaminarse.
 ¿Cuál puede ser el aporte de los y las anarquista a la transición post-capitalista? A continuación algunas contribuciones que considero fundamentales:
-La extensión de los principios de la democracia directa asamblearia y del federalismo, tanto en la organización de la vida política como el la de la vida económica, hasta donde sea posible. Quizá sea necesario reconocer que las sociedades industriales, por su propio tamaño y complejidad, requieren no solo de instancias asamblearias federadas con delegados revocables en todo momento, sino también de instituciones representativas con cierto margen de maniobra autónoma (aunque estén muy controladas desde abajo). Algo que por supuesto se aceptó en procesos revolucionarios de inspiración libertaria (como la revolución consejista húngara de 1956). También, como argumentan muchos libertarios, es posible derivar de esta conexión entre complejidad y representatividad que resulta interesante reducir el tamaño y la complejidad de nuestros sistemas sociales (incluida una importante desindustrialización), pero por su propia inercia esta simplificación no será nunca tan rápida ni tan sencilla como para prescindir de pensar las formas políticas que nos pueden llevar de un sitio a otro.
-La inclusión de un fuerte sentido social y de clase que reafirme el carácter anticapitalista de una transición, que al menos en sus primeros pasos, no podrá ser marcadamente anticapitalista (salvo milagro o conversión masiva), sino más bien como ya apunté un cambio de régimen político y un corte histórico con la versión neoliberal del capitalismo que hoy nos domina.
-El cultivo de un espíritu colectivo de entusiasmo revolucionario, espontaneidad y disposición para el emprendimiento autónomo, imprescindible para que la transición tome un cariz constructivo adaptado y bien calibrado a las particularidades locales,  y no acabe formulando un recetario abstracto que hará aguas por todos lados.
-La beligerancia constante propia de la cultura de lucha anarquista: sólo bajo una enorme presión de la calle, aquellos que estén en ámbitos de poder podrán impulsar cambios que rompan con la lógica del capital. Una exigencia de autonomía similar a la que demuestra el movimiento anarquista, radicalmente contrario a la cooptación de las luchas al servicio de intereses políticos, es uno de los  pocos contrapesos que la transición post-capitalista tiene para evitar el acomodamiento, la pérdida de tensión e incluso las traiciones inherentes a cualquier colaboración en el gobierno del Estado.
-La crítica de todo plus represivo: el anarquismo ha sido un movimiento filosófico y político pionero a la hora de desnaturalizar y criticar realidades de dominación cotidiana que, pareciendo evidentes y naturales, son realmente construcciones culturales vinculadas a la reproducción de intereses privilegiados o el mantenimiento de alienaciones superables. Esta facultad crítica siempre será un aliciente para una transformación social emancipadora.
-La defensa de una cultura y un sentido de vida basado en la libertad, la socio-diversidad y la realización de las plenas potencias del individuo y los grupos minoritarios. Este enfoque ético es necesario para evitar cualquier deslizamiento del post-capitalismo hacia formas de cultura coactivas, impersonales, totalitarias y homogeneizantes, de las que algunos intentos socialistas del pasado nos legaros ejemplos siniestros.
-El cambio social como un horizonte de transformación amplio, que va mucho más allá de lo político (la toma del poder) para tornarse una tarea cultural (la toma del mundo).
No es por tanto pequeña la tarea que un movimiento como el libertario podría asumir en los acontecimientos que ya llaman a nuestra puerta y se precipitarán los próximos años como un alud. Para que esto llegue a pasar por supuesto el movimiento libertario necesita atar los cabos sueltos de sus muchas miserias internas y, como dice José Luis Carretero en su tesis número siete, apostar por la audacia, audacia y más audacia.
Por supuesto, la pelota está en todos los tejados: si reflexiones de este tipo no se producen y se alimentan, de modo amplio, sincero y honesto, sin maquiaveslismos políticos y sin agendas ocultas, en muchas de las otras familias anticapitalistas en particular, y de las izquierdas dispuestas a la ruptura política en general,  la descomposición del capitalismo nos arrastrará consigo sin llegar ni siquiera a salir de un balbuceo inofensivo. Cualquier inteligencia materialista sabe que las intenciones inspiradas en ideales voluntariosos tienen un margen de acción limitado. La autocrítica para la confluencia provechosa de todos los que compartimos enemigo es una de esas pocas tareas en las que poner empeño e ilusión unilateral puede dar frutos provechosos.
Emilio Santiago Muiño, 24 de Julio del 2014.
Publicado originalmente en: http://enfantsperdidos.wordpress.com/