jueves, 3 de abril de 2014

Perspectivas para una economía autogestionaria. Apostando por el futuro



(Versión original en castellano del artículo 

"Perspektiven für eine selbstverwaltete Wirtschaft",publicado en el número 222 de la revista alemana Direkte Aktion -ver al artículo más abajo) 


Por José Luis Carretero Miramar, profesor, miembro del Instituto de Ciencias Económicas y de la Autogestión (ICEA) y autor del libro “La autogestión viva. Proyectos y experiencias de la nueva economía al calor de la crisis” (Queimada Ediciones. Madrid. 2013).


Gritos, lamentos, insultos. Las porras policiales suben y bajan. La gente suda, la sangre se derrama, alguien llora, el grupo de hombres y mujeres sentados, con sus brazos entrelazados, trata de aguantar unido la embestida de los agentes de la ley que, acompañados de los funcionarios judiciales y de los ufanos abogados del Banco propietario del inmueble, van a proceder al desahucio de una familia en un barrio popular de Madrid.
Algo así ya ha ocurrido centenares de miles de veces, en las ciudades y pueblos de España, desde el inicio de la crisis. Es una estampa que se repite, una escena recurrente de miedo, dolor y desesperación, animada en ocasiones por los destellos de la extraña dignidad de gentes que, pese a todo, intentan resistir, defender sus casas, los juguetes de sus hijos, los sueños rotos de los años de bonanza.
Es la crisis, las sacudidas de un capitalismo senil y fuera de control. Según cifras oficiales, ya hay tres millones de ciudadanos griegos sin derecho a la asistencia sanitaria, y otros 3.300.000 están a punto de perderlo. En España, 400.000 personas han visto desaparecer su puesto de trabajo en las Administraciones Públicas (en su gran mayoría en el entorno de los servicios sociales municipales o en las áreas de la Sanidad, la Educación o la atención de la dependencia) desde el inicio de la crisis. En un país que ya superaba los seis millones de parados, en los nueve primeros meses de 2013, se presentaron 21.949 procedimientos colectivos de  regulación de empleo que afectaron a 292.706 personas. Recientemente, más de 3 millones de personas han engrosado las filas de la pobreza severa (menos de 307 euros al mes) en el Estado Español, mientras la situación de riesgo de pobreza (retribuciones de menos de 7040 euros anuales)  es compartida por el 28, 2% de la población.
A nivel global, pese a las afirmaciones triunfalistas de vuelta al crecimiento, la situación no es mucho mejor. Según la OIT, desde 2007,  13 millones de mujeres han perdido sus empleos, y más de la mitad de las que trabajan lo hacen en situación de evidente precariedad laboral, mientras los recortes y privatizaciones se han cebado principalmente con los servicios públicos y sociales que permitían liberar, parcial y episódicamente, a las mujeres de las actividades de cuidado de dependientes y familiares que nuestra sociedad global, de una forma u otra, les impone.
¿Y las alternativas? Para la derecha están claras: abono de las deudas, reformas económicas en la forma de flexibilidad laboral; descentralización productiva (contratas, subcontratas, trabajo para-subordinado, trabajo migrante, becas estudiantiles no remuneradas y sin protección social, minijobs…la creatividad gerencial parece no tener límites); privatizaciones, desmantelamiento de los servicios públicos, cerrojazo final al llamado Estado de Bienestar, que en muchas partes del mundo no llegó a existir realmente; autoritarismo político y social, represión descarnada, con la sombra del “derecho penal del enemigo” ahogando toda forma de protesta…¿El social-liberalismo? Esencialmente la misma receta: reformas, memorándums, recortes, pero, eso sí, con un poco más de libertades civiles en aspectos no directamente políticos.
La única alternativa que parece apuntar la izquierda es una vuelta a un keynesianismo mutilado. Estímulo público de la economía, regulación de la banca, fiscalidad progresiva, tasación de las transacciones financieras internacionales, reestructuraciones de la deuda…pero nada de entrar a discutir las reformas laborales que pretenden transformar a Europa en un territorio de maquilas, ni la distribución de la propiedad y el poder en el seno de los centros de trabajo o la democratización consecuente de los procesos de gestión de los servicios públicos que han conseguido sobrevivir a la fiebre privatizadora. Un modelo de Estado fuerte keynesiano en el seno del mercado global y de los circuitos transnacionales de valorización.
Ahí residen precisamente sus límites. En el marco de la crisis global y polifacética del modo de producción capitalista (que no se agota en el huracán financiero del 2008, sino que alcanza a lo más profundo de su cultura, su estructura económica y su adaptación ecológica al mundo natural y a las fuentes de la vida, conformando una auténtica crisis de civilización para los próximos decenios) la estrategia keynesiana de vuelta atrás al Estado del Bienestar y al crecimiento sin fin, no tiene recorrido más que a corto y, quizás, medio plazo.
Ya no es tan fácil diferenciar un “capitalista bueno” productivo de un “capitalista malo” especulativo, para favorecer al primero, ni hay alternativas reales a corto plazo para hacer frente, en una dinámica de crecimiento continuado de la economía, al peak oil y al resto de procesos de agotamiento de los recursos naturales que alimentan la producción global. Un nuevo ciclo mundial de acumulación, unos nuevos “treinta gloriosos” y la generalización de la sociedad de consumo al estilo occidental, entrarían en abierta contradicción con los límites naturales del ecosistema, además de constituir un escenario que la clase dirigente, en su conjunto, ni desea ni favorece, embriagada como está con los saqueos de los últimos tiempos.
Así pues, las únicas alternativas factibles, al régimen de la deuda y del despojo, al empobrecimiento de las poblaciones y a la dictadura de las oligarquías financieras, pasan por el inicio de un proceso de transición, gradual y conflictivo, pero decidido, a otro tipo de arquitectura social. Una basada en lo que reclaman, fundamentalmente, las multitudes que han salido en las calles en estos años de crisis. Lo que se pedía en las Plazas (Puerta del Sol, Taksim, Tahrir..), lo que se exigía, exponiendo el cuerpo ante la violencia policial, desde Atenas a Río de Janeiro, desde New York a las calles de Lisboa: democracia. Es decir, que todos podamos decidir, que las poblaciones decidan por si mismas su destino y sus formas de relación mutua.
Pero decidir no es tan sólo tener unos representantes que, bien acunados por los poderes financieros globales, lo hagan por ti. La democracia no se agota (más bien ni se la ve) en los Parlamentos, en los partidos, en las magias de la representación y el voto. Democracia es lo que hacían las multitudes de desempleados argentinos cuando, ante la crisis, decidían cortar las autovías; las primeras asambleas populares de barrio del Movimiento 15-M madrileño; las comunidades zapatistas, donde se manda obedeciendo…
¿Existe por tanto, también, una alternativa económica? ¿Una democracia productiva? No sólo existe sino que está desarrollándose, creciendo, expandiéndose ante nuestros propios ojos en toda una miríada de proyectos populares autogestionarios que nos rodean y que, cada vez más, pugnan por convertirse en una alternativa real en el momento del despojo y de la devastación de los servicios públicos.
Existe una alternativa y se está haciendo en las calles. No es algo teórico, y no depende tan sólo de afortunadas formulaciones, de dignos estudios etnográficos  e históricos, o de estadísticas rigurosas. Ahí, en los poros de esta sociedad, “el movimiento real que abole el actual estado de las cosas” va desplegándose, aprendiendo, expresándose, de manera cada vez más perentoria.
Posemos nuestra mirada en experiencias concretas, en proyectos reales y encarnados en personas con cara y ojos, con ternuras y, también, con buenos y malos días.
Hablemos, por ejemplo, del periódico madrileño Diagonal, producto de los movimientos sociales de la Capital del Estado Español. Un quincenal de funcionamiento autogestionario que edita una tirada cercana a los 15.000 ejemplares y se vende en los kioskos, que tiene su origen, hace más de una década, en un simple folio doblado y fotocopiado que se repartía en el populoso mercado del Rastro madrileño, entre los puestos de artesanía y los tenderetes de ropa usada. Una iniciativa que acaba de llevar a cabo un proceso de crowfunding, entre otras actividades para obtener la financiación necesaria para poder sobrevivir y aumentar su dimensión.
 También podemos mencionar, por seguir con los ejemplos, la cooperativa de crédito Coop57. Un proyecto colectivo constituido inicialmente con parte de las indemnizaciones  por despido que les correspondieron a los trabajadores de la editorial barcelonesa Bruguera. Se trata de una sociedad conformada por distintas entidades que permite financiar proyectos autogestionarios, ecológicos y de la economía social y solidaria, a intereses menores de los de mercado; y en la que los particulares también pueden depositar cantidades, sabiendo a que van a ser dedicadas a ello. Crédito ético, financiando proyectos populares.
O la Cooperativa Integral Catalana, un intento de conformar una red global que se quiere capaz de permitir hacer una vida entera al margen del capitalismo, conformada, por ejemplo, por iniciativas productivas, ecoxarxas, ecoaldeas, una cooperativa de crédito o un Centro de Salud holística autogestionado.
Pero, por supuesto, no vamos a hablar sólo del Estado Español, aunque en él este tipo de iniciativas han crecido claramente en estos últimos años de crisis. En otros sitios, como América Latina, las cosas empezaron a suceder ya antes: tanto el inmisericorde ataque de los mercados contra las clases trabajadoras y el conjunto de la sociedad, como la irrupción de los gérmenes y el fermento de la “nueva economía”.
Así, en Argentina, alrededor de la explosión social del año 2001, se multiplicaron las llamadas “recuperaciones” de fábricas que iban a ser cerradas por sus dueños, y que los trabajadores mismos, tras arduas jornadas de ocupación de los centros de trabajo y luchas sociales, procedieron a hacer funcionar de forma autogestionada.  Emprendimientos como la mítica FaSinPat (Fábrica Sin Patrón, anteriormente Zanón, en la ciudad de Neuquén), la imprenta Chilavert, la Gráfica Patricios o la metalúrgica IMPA, son de sobra conocidos. Actualmente, según datos del Programa Facultad Abierta de la Universidad de Buenos Aires, dedicado al estudio y asesoramiento de estas experiencias, más de 10.000 personas siguen trabajando en Argentina en empresas recuperadas.
Podríamos poner muchos más ejemplos de los mismos u otros países (Brasil, Grecia, Francia, Italia, Uruguay, Egipto…). Quien quiera acceder a una pequeña panorámica de estas iniciativas, y un poco de reflexión sobre ellas, desde una perspectiva divulgativa, también puede dirigirse a mi último libro: “La autogestión viva. Proyectos y experiencias de la otra economía al calor de la crisis”, publicado recientemente en España por Queimada Ediciones (una editorial con un origen cooperativo, creada en plena Transición española –años 70- por un grupo de trabajadores de Artes Gráficas ligados al movimiento libertario, que ha vuelto a abrir sus puertas al calor del Movimiento 15-M, http://www.queimadaediciones.es/)
Se trata, pues, de una miríada de proyectos concretos y reales que están haciéndose ante nuestros ojos, que están conformándose ahora mismo en nuestras calles y pueblos. Pero que afrontan, también, numerosos peligros, como su desarrollo a la imagen y semejanza de las instituciones del propio mercado capitalista  con el que tienen que competir (profesionalización de la gestión, control de información interna, separación marcada entre dirigentes y dirigidos…), como ha pasado con parte del propio movimiento cooperativo; o como su estructuración como una simple red de “autogestión de la miseria”, subcultural y marginal, donde individuos sometidos a la mayor precariedad no hagan otra cosa que gestionar, mal que bien, lo que ni los capitalistas quieren, lo que no nos roban, simplemente porque no es viable.
Pero todas estas experiencias y proyectos no significarán nada sino son capaces de articularse fuertemente entre sí y con las luchas obreras y populares. Es necesario densificar lo que ya existe, interrelacionar las cooperativas, las redes, las aldeas ocupadas, las fábricas autogestionadas, y ello de una manera transnacional y capaz de trascender las fronteras entre Norte y Sur, Centro y Periferia, del sistema económico global. Sólo desde el apoyo mutuo, y desde la incardinación de las experiencias económicas con el conjunto de las luchas sociales (por más democracia, por la abolición de las leyes represivas y autoritarias, por la resistencia ante las privatizaciones y la precariedad laboral  y social, por la defensa del territorio y del ecosistema …) pueden las prácticas constructivas de la multitud convertirse en una auténtica alternativa global coherente y capaz de acumular la suficiente fuerza.
Construir una alternativa global…eso es, precisamente, lo que lleva gestándose en los últimos decenios de luchas y de experiencias autogestionarias. Hay perspectivas concretas, “clásicas” e hiper-modernas que ya han planteado tesis claras (pero en ocasiones incompatibles parcialmente) en torno a cómo sería una sociedad controlada por los propios productores, una democracia directa y asamblearia, incluso en lo económico.
Se dibujan, principalmente, dos tipos de perspectivas. La primera: la conformación de una tupida red de organismos asamblearios que, desde lo local y desde los centros de trabajo, vayan federándose, mediante mecanismos de mandato imperativo y revocabilidad de las delegaciones, para permitir la planificación participativa de la vida económica. El modelo clásico, por otra parte, del anarcosindicalismo, pues ya la CNT planteaba en su Congreso de Zaragoza de 1936, la articulación social a la imagen y semejanza del funcionamiento interno, basado en el federalismo y la democracia directa, de su estructura sindical. Un modelo que ha sido, también, revisitado con las inevitables modificaciones, dado el tiempo transcurrido, por perspectivas como la de la Democracia Inclusiva, defendida por Takis Fotopoulos.
 La otra: un poco más complicada. Sabiendo los límites mostrados por la realidad misma de la planificación en las circunstancias concretas en que ha sido puesta en marcha, conociendo que ningún organismo central, por participativa y flexible que sea la estructura que lo sustenta, puede tener todos los conocimientos y toda la información necesarios para tener una visión acertada y al tiempo global de la vida económica, cabría hacer espacio a la necesidad de formas de mercado más o menos “libre” entre cooperativas, iniciativas locales y trabajadores autónomos, ya que el mercado puede garantizar una mayor flexibilidad y rapidez en la asignación de recursos en casos concretos. Por supuesto, donde hay mercado hay competencia y, por tanto, ganadores y perdedores, lo que impone la necesidad de generar paralelamente un amplio campo de organismos reguladores, bajo la tutela de la comunidad en general organizada democráticamente, y de servicios sociales comunales que permitan hacer de colchón y reintegrar a la vida productiva a los trabajadores de las empresas no viables. Una perspectiva adelantada en su momento por el economista libertario Abraham Guillén, combatiente cenetista en la Guerra Civil española y, posteriormente, asesor e inspirador de numerosos movimientos sociales y guerrilleros latinoamericanos.
Pero también hay en este momento, en pleno desarrollo, otras perspectivas, como la de la Economía Participativa (Parecon), divulgada por economistas y estudiosos anglosajones como Michael Albert o Robin Hahnel, que hace hincapié en cosas tan interesantes como la distribución de “paquetes integrados” de tareas manuales e intelectuales para cada puesto de trabajo, para que, en un contexto de autogestión generalizada, la división del trabajo necesaria para la producción no genere nuevas jerarquías en el interior de las unidades económicas; o los marcos de análisis desarrollados en América Latina, como los investigados por Andrés Ruggeri o Danigno en torno a la “adecuación sociotécnica” entre la producción autogestionaria y el tipo concreto de tecnología laboral a utilizar y a desarrollar en dicho contexto, ¿son las mismas las máquinas –o el uso de las máquinas- que deben desplegarse en la producción autogestionaria que en el mercado capitalista? ¿No han sido muchas veces diseñadas en un marco en que ciertas posibilidades –la cooperación, la comunicación entre los operarios- trataban de evitarse, mientras otras –la vigilancia, el control externo- se fomentaban, sin un sentido propiamente productivo?
Proyectos e iniciativas, también, para construir un marco de análisis sobre la autogestión y la economía colectiva desde el anarcosindicalismo y el movimiento libertario, como el Instituto de Ciencias Económicas y de la Autogestión (ICEA), organismo creado en el Estado Español que ha realizado en los últimos años numerosos textos sobre el tema, impartido conferencias y cursos, organizado actividades y Jornadas, asesorado en temas variados a experiencias concretas y  colaborado con medios de comunicación, como el propio periódico Diagonal ya citado, en la divulgación del pensamiento económico alternativo, libertario y cooperativo.
Si, como decimos, una nueva sociedad está gestándose en los poros de nuestro actual capitalismo senil tal y como se gestó la propia sociedad burguesa en los intersticios del Antiguo Régimen, esa nueva sociedad necesita de un pensamiento y una capacidad de plantear objetivos y visiones globales a la altura de los desafíos de un siglo XXI que amenaza con ser convulso y preñado de amenazas y posibilidades.
Se trata, pues, de edificar un nuevo pensamiento transformador adaptado a un mundo que muta aceleradamente. Nuevas perspectivas basadas en el análisis de las prácticas efectivas llevadas a cabo por las poblaciones cuando luchan y cuando tratan de construir nuevas realidades, más que en el desarrollo deductivo, abstracto y puramente teórico de principios o dogmáticas inamovibles.
Las luchas populares, los levantamientos de los explotados y los oprimidos han existido siempre. La diferencia cualitativa, esencial, que ha aportado el movimiento obrero en sus vertientes socialistas revolucionarias, ha sido la posibilidad de sistematizar y organizar las experiencias de resistencia. Sabemos ahora de las luchas campesinas del Renacimiento, por ejemplo, porque trabajadores intelectuales y sindicalistas recuperaron y organizaron la transmisión de esa tradición. Y, además, tenemos otras cosas: la memoria de los últimos siglos de luchas contada por sus protagonistas, no por los vencedores; la idea generalizada de que es necesario organizarse y mantenerse en guardia permanentemente para no perder derechos, para no caer en la tiranía más absoluta.
Es el momento de reapropiarse de esas tradiciones y alumbrarlas al calor de lo nuevo. De pensar si dogmas ni rigideces sobre las prácticas efectivas de las clases populares y de insertar ese pensamiento en el seno de esas mismas prácticas por medio de un amplio diálogo con ellas.
En el plano económico es el momento, pues, de trabajar sobre el concepto de la democracia económica (la autogestión) que hoy, ahora, está más vigente que nunca, ya que las propias poblaciones acosadas por la devastación neoliberal se lo apropian como una precaria tabla de salvación frente a la debacle ecológica y social. Perfilarlo, adaptarlo a la realidad efectiva, problematizarlo, popularizarlo,  generalizarlo.
Acompañar las luchas con la construcción de una alternativa global y de conjunto que muestre la vitalidad de unas clases populares que, pese a décadas de derrota o marginación, nunca han abandonado la partida. Y están más vivas que nunca.
Madrid, 4 de enero de 2014.


José Luis Carretero Miramar.






















No hay comentarios: