martes, 29 de marzo de 2011

Contra el reinado de la tristeza en el mundo de la izquierda.

CONTRA EL REINADO DE LA TRISTEZA EN EL MUNDO DE LA IZQUIERDA.
 
Vivimos un tiempo de convulsiones sociales inéditas y de derivas inesperadas de nuestra sociedad. Una crisis civilizatoria colosal cuya resolución no alcanzamos a ver, y no sabemos en qué dirección se hará efectiva.
 
En este marco, se agolpan aceleradamente teorías del mundo antagonista de los últimos decenios, así como nuevos desarrollos, preñados en su casi totalidad del asfixiante pesimismo y la tristeza interiorizados por los movimientos que, en Occidente, han intentado transformar lo existente, o quizás mejor vegetar en su seno, desde la caída del muro de Berlín.
 
Hay quien opina que en los próximos 20-30 años, poco hay que hacer por parte de los movimientos sociales, salvo esconder la cabeza debajo del ala iniciando micro-iniciativas de transformación de la vida cotidiana que puedan dar algún tipo de provecho ya mediado el siglo XXI. Hay quien afirma que “nosotros sólo somos pequeños, garbanceros, miserables, nada, siervos perfectos, siervos para siempre”, y que toda la historia de las revoluciones pretéritas no es más que una colosal conjunción de errores, de los cuales sólo ellos, por supuesto, estarían exentos.
 
Es un contexto ideológico agobiante que se enseñorea del conjunto del mundo cultural y político antagonista, alcanzando a sus desarrollos literarios, artísticos, teóricos e, incluso, vitales.
 
Nada extraño, por otra parte, pues esta forma de pensar ya fue analizada en su día por Simone de Beauvoir en su texto “El existencialismo y la sabiduría de los pueblos”, en el que la filósofa francesa ponía al descubierto la profunda funcionalidad para el sistema de esa forma arraigada de pensamiento conservador y “populachero” que nos dice que nada es posible, que la realidad es siempre triste y depresiva, que todo esfuerzo transformador no tiene más fruto que el fracaso y el sufrimiento. Un marco de análisis que fundamenta, lo quieran o no sus autores, un escenario en el que la irresponsabilidad, el conformismo y la pasividad pasan a estar justificadas, e incluso a ser alabadas como un presunto ejercicio de “lucidez”.
 
No es más, en definitiva, que la pertinaz teoría del “valle de lágrimas” en que consistiría el mundo material en oposición al siempre preferible mundo de las ideas y las almas puras, encubierta en los ambientes alternativos por interpretaciones deterministas de supuestos desarrollos de la “economía” o la “sociología” que, paradójicamente, se acompañan de críticas “fundamentales” a la misma noción de “ciencia” y de “progreso”. Decimos “paradójicas”, porque resulta sumamente curioso como se puede afirmar al tiempo que los instrumentos de nuestras ciencias sociales nos obligan a augurar un futuro negro, feroz e inevitable, y que los mismos “no sirven para nada”.
 
Tristes indicaciones de una “izquierda” que se niega a resistir.  De un acervo ideológico que insiste en desconocer la diferenciación tempranamente introducida por Karl Marx entre quienes pretenden únicamente “interpretar el mundo” y quienes aspiran a “transformarlo”. Una diferencia que implica la imposibilidad de cosas como una supuesta “lucidez desencantada” o una, totalmente glorificada en los últimos tiempos, “pasividad revolucionaria”. Sólo en el marco de la praxis es dable pensar lo que es posible y lo que no. Y dicha praxis y dicha teoría son ya, en sí mismas, transformación en acto de lo existente.
 
Pensar el mundo desde la izquierda no consiste solamente es admitir que existen gigantescas fuerzas que nos sobre-determinan y nos empujan en una dirección concreta (eso ya lo pensaban, a su manera, los teólogos medievales con su noción de la “voluntad de Dios”), sino también que esas mismas fuerzas son el producto real de los seres humanos concretos que con su actividad consciente y productiva las pueden empujar, desviar o revertir.
 
Una capacidad productiva del ser humano que nunca está más plena de potencialidades inéditas que en los momentos de crisis e inestabilidad. En el momento en que todo se sale de su eje, los leves empujones en una dirección u otra se notan más que cuando todo está firmemente asentado.
 
Es la hora, pues, de plantearnos que transformar el mundo no es sólo ético o necesario, sino posible en la realidad efectiva. No como cumplimiento de una perfección idealizada en nuestras mentes, sino como real modificación de la estructura de lo existente en la dirección de nuestra praxis.
 
Los que creen que poniendo el acento en nuestras incapacidades y frustraciones, en nuestras tristezas y desesperanzas, generan una mayor conciencia sobre lo que “debe ser”, están equivocados. Porque, como ya indicara Jean Marie Guyau, y reafirmara Kropotkin, el deber ético no es más que la expresión de la capacidad de hacer, de la fuerza vital y la energía del sujeto. Porque puedo, debo. Porque el movimiento de mi cuerpo, el esfuerzo de mi mente y la vibración de mis anhelos cambian lo material que me rodea en una u otra dirección todos los días, debo realmente ejercitar mis fuerzas para crear un mundo mejor y esculpir una existencia que, en todo caso y como indicaba Sartre, precede a cualquier esencia que se le quiera imponer desde las formas para-religiosas de los profetas de la tristeza y el desencanto.
 
Esculpir nuestra existencia, con la potencia feroz de nuestra energía, nuestra alegría y nuestro esfuerzo, no sólo es posible sino también pertinente (y es pertinente porque es posible). Resistir es necesario, porque no resistir es hacer real y material el mundo que, precisamente, no queremos. Y transformarnos, nosotros mismos, en quienes no queremos ser.
 
La tristeza, la impotencia, el desengaño y el depresivo barruntar sobre un futuro de fracasos inevitables, para los habitantes de los conventos, para los catedráticos grises, para los cansados, para los seres pequeños. Sólo vivimos una vida. Y nadie nos puede quitar la alegría y el placer de la lucha, de la solidaridad, de la transgresión, de la productividad, de la creación.
 
Y, por último, un mensaje a los jóvenes: nada de evadirse y vegetar con los “cigarrillos de la risa” al margen de la rotación del mundo. Es la hora de que nos enteremos de quienes sois. De que la cultura, el arte, el sindicalismo, la ecología, la teoría crítica, la literatura, la poesía y los sueños de nuestro tiempo se vean teñidos de vuestra sustancia. De vuestro temperamento. Vuestro lugar está en el centro de la acción.
 
            Salud y alegría.
 
José Luis Carretero Miramar.

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