miércoles, 7 de octubre de 2015

Socialización y espíritu emprendedor

                (Publicado en el blog "Economía para todos", en  la página web del periódico Diagonal).

                Hace poco, intentando documentarme para un hipotético libro futuro, cayó en mis manos un ejemplar de “Cómo está Europa”, un libro de 1921 del abogado cenetista, y diputado republicano federal Eduardo Barriobero. En este texto, el hombre que dirigió el tribunal revolucionario de Barcelona durante la Guerra Civil y que contaba con la plena confianza de los sindicatos, dado que llevaba en esos momentos cientos de casos de obreros represaliados ante los juzgados, narra un largo viaje que realizó por Francia, Alemania, Checoslovaquia, Austria, Yugoslavia e Italia, nada más terminar la Primera Guerra Mundial, para asistir a un Congreso Internacional de Libre Pensadores en Praga.
                Se lo cuento porque hubo algo en este libro que me llamó extremadamente la atención. Era el siguiente párrafo, que Barriobero atribuye a un discurso de Masaryk, entonces presidente de Checoslovaquia, al Parlamento de dicho país centroeuropeo:
“Además, la socialización no es posible si las masas de los trabajadores no tratan de comprender todo el proceso de la producción y de la distribución. No es suficiente obligar a la llamada burguesía a la socialización por la dictadura; la violencia no es nunca beneficiosa, y esto se refiere, no sólo a la violencia política, sino también a la económica y social. La socialización no es una cuestión de participación de los obreros en la administración de los asuntos industriales. La dirección de cualquier empresa que ya esté funcionando, no es la tarea más difícil; pero en una reforma social y económica de carácter tan amplio, no es sólo un problema la participación en la dirección o el encargarse de empresas activas; el problema es de crear, de iniciar empresas nuevas, o, por lo menos, de completar y de transformar efectivamente todas las empresas en la práctica, o en totalidad, pues la producción necesita del espíritu emprendedor que es tanto más necesario cuanto más empobrecidos están los Estados europeos por la guerra. Cuando hablo del espíritu emprendedor, no me refiero a la especulación y sus exageraciones, que se manifiestan tan frecuentemente perniciosas en estos tiempos anormales; hablo del espíritu emprendedor que crea, inventa y utiliza ingeniosamente las condiciones dadas y cuyo resultado es la invención de riquezas nuevas. No es el problema –por decirlo así- del socialismo de la distribución, sino del socialismo de la producción.”
Entonces Checoslovaquia era un joven país, recién independizado, tras la Primera Guerra Mundial, del Imperio Austro-Húngaro, y con claras tendencias progresistas y socializantes. Una especie de laboratorio previo de muchas cosas que luego desarrollaría la socialdemocracia y el movimiento obrero en otros sitios, sobre el que Barriobero se deshace en elogios.
Pero lo que me a mí llama poderosamente la atención es eso del “espíritu emprendedor” como virtud necesaria para la socialización. Hemos de tener presente que la izquierda proletaria del período entendía el proyecto de socialización como un proyecto enteramente civilizatorio, que iba a dar cabida , no sólo a una transformación social a una escala macro, sino también a la conformación de un “hombre nuevo”.  La diferencia que Masaryk hace entre “socialismo de la distribución” y “socialismo de la producción”, se reproduce también, cierto modo, en los modelos éticos diferenciados que recomienda Kropotkin en las conclusiones de su libro “La moral anarquista”:
“si no te sientes con ánimo, si tus fuerzas se limitan a ser las necesarias para conservar una vida grisácea, monótona, sin fuertes emociones, sin grandes goces y también sin grandes sufrimientos, no te separes de los sencillos principios de la equidad igualitaria. En las relaciones igualitarias encontrarás lo que necesitas, la mayor suma de felicidad posible dadas tus escasas fuerzas; pero si sientes en ti el vigor de la juventud, si quieres vivir, si quieres gozar la vida entera, plena, desbordante –es decir, conocer el mayor goce que un ser viviente puede desear- , se fuerte, se grande, se enérgico en todo lo que hagas.”
Así, el modelo humano del militante revolucionario de período, del adalid del “socialismo de la producción”, es una persona “enérgica, grande, fuerte” que “siembra la vida a su alrededor”. Un ser humano pletórico de actividad, dispuesto a auto-motivarse, a asumir riesgos, a crear y co-crear. Se trata de un movimiento en el que, como decían originariamente los wobblies, ese movimiento sindical revolucionario de los Estados Unidos en el que militaron gente como Emma Goldman o Joe Hill, y ahora repiten todos los libros de “auto-ayuda” empresarial (ese es el signo de los tiempos) “la función de un líder no es conseguir seguidores, sino crear más líderes”.
Lo realmente sangrante de todo esto es como han cambiado las tornas, al hilo del despliegue del posmodernismo como referencia de fondo de lo que se considera como “izquierda transformadora”. Donde antes había curiosidad intelectual, gusto por la actividad, un “espíritu emprendedor”, en el mejor sentido de la palabra, que llevaba a la puesta en marcha de un sinfín de proyectos, “fortaleza y generosidad”, como en la divisa de la Ética de Spinoza (que José Ingenieros, ese genial argentino que pasó por el marxismo y el anarquismo, convertirá en “fortaleza y luz, como cristal de roca”); ahora hay conformismo sectario, moralina paralizadora, o apología de las “virtudes” de la pasividad y la debilidad. Biopoder en estado puro que marca una normativización absoluta de los cuerpos y las mentes, en la preocupación asfixiante por no salirse de lo ordenado por el “ghetto” cultural en el que se ha convertido la escena política radical.
Parece mentira que, hoy en día, haya mejores reflexiones sobre la necesidad de la transgresión para el avance social, o sobre lo necesario para desplegar movimientos innovadores en la literatura empresarial, tipo Seth Godin, pese a todo lo discutible que pueda ser, que en la mayor parte de los escritos grises y deprimentes que produce el mundillo supuestamente transformador. Como decíamos, es el signo de unos tiempos que, lejos de haber desarrollado ya un nuevo tipo de socialismo que tenga en cuenta la reproducción y las necesidades de la vida junto a la producción, se ha hundido en la ilusoria ensoñación de un “socialismo de la distribución” que venga regalado, y nos permita seguir con el consumo o, al menos, vegetar en la semi-marginalidad con subsidios, ya que somos Primer Mundo, al tiempo que insultamos al Estado desde la pureza de no hacer nada real.
Así pues, permítaseme revindicar algo tan herético (en ciertos ambientes) como el “espíritu emprendedor”, es decir, el gusto por la actividad, por la creación, por la iniciativa y por la autonomía. Las bases de un pueblo fuerte, hecho de hombres y mujeres capaces de compartir el goce de desarrollar todas sus potencialidades, hasta donde alcancen sus energías.
Y es que queremos algo más que la igualdad, queremos una vida que merezca la pena ser vivida: aquello de “Pan y rosas” que decían las obreras wobblies en huelga,  o desarrollar nuestro proyecto vital sea cual sea el resultado para hacer nuestra existencia desde la libertad, como diría Sartre.
Dejemos hablar a Kropotkin que, por si alguien no lo sabe, es uno de los personajes reales que Abraham Maslow tomó como referente del “ser humano de alto desempeño” que estudió con detenimiento  para desarrollar sus teorías de la motivación que inundan los manuales empresariales:
“Sé fuerte: desborda de energía pasional e intelectual, y verterás sobre los otros tu inteligencia, tu amor, tu actividad.
He ahí a lo que se reduce toda la enseñanza moral, despojada de las hipocresías del ascetismo oriental.”

José Luis Carretero Miramar.







1 comentario:

Anónimo dijo...

Simplemente genial!

En mi modesta opinion, empiezo a pensar que el sectarismo tan estereotipico de la izquierda que mencionas proviene de un sentimiento profundo/subconsciente de no querer realmente cambiar nada. Me refiero a cambios profundos y verdaderos, radicales en el sentido autentico de la palabra.
Al fin y al cabo vivimos en la verdadera opulencia (unos mas que otros) si se nos compara con el resto del mundo y con épocas pasadas, y eso el subconsciente lo sabe y por ello se aferra con fuerza al status quo..