domingo, 1 de marzo de 2015

Jean Marie Guyau: la vida que se desborda

            (Publicado en el periódico Contramarcha).


            Jean Marie Guyau (1834-1888), fue un potente pensador que, pese a su prematura muerte, fue ampliamente conocido y valorado entre los ambientes libertarios de principios del siglo XX. Guyau, ciertamente, no era un militante de bandería alguna, pero a él se refiere Pedro Kropotkin en su obra “La moral anarquista” en los siguientes términos:

            “Pertenece a ese joven filósofo, Guyau – a ese pensador anarquista sin saberlo-, haber indicado el verdadero origen de tal valor y de tal abnegación (- se refiere a la fuerza moral-), independiente de toda fuerza mística, independiente de todos esos cálculos mercantiles, bizarramente imaginados por los utilitarios de la escuela inglesa.

            Allá donde las filosofías kantiana, positivista y evolucionista se han estrellado, la filosofía anarquista ha encontrado el verdadero camino.

            Su origen, ha dicho Guyau, es el sentimiento de la propia fuerza, es la vida que se desborda, que busca esparcirse. `Sentir interiormente lo que uno es capaz de hacer es tener conciencia de lo que se ha dicho el deber de hacer´.

            Así pues, Guyau, un anarquista sin saberlo, inspira muchas de las principales páginas de la obra ética kropotkiniana. En él se apoya también el mismo Ferrer i Guardia  cuando, para defender la coeducación de los sexos afirma:

            “El autor de la Religión del Porvenir – y tengamos aquí en cuenta que el título real del libro de Guyau al que se refiere fue “La irreligión del porvenir”, título que probablemente Ferrer no cita fielmente para no atraerse aún más las iras eclesiásticas- refiriéndose a la mujer en el asunto indicado, dice: `El espíritu conservador puede aplicarse a la verdad como al error; todo depende de lo que se dé para conservarse. Si se instruye a la mujer en ideas filosóficas y científicas, su fuerza conservadora servirá en bien, no en el mal de las ideas progresivas´”.

            Así pues, dejemos sentado que Guyau tuvo su influencia en algunos de los más importantes pensadores libertarios de principios de siglo. Pero, ¿qué era lo que defendía Guyau?, ¿qué proponía? Lo cierto es que, increíblemente poco editado en la actualidad en nuestro país, su filosofía vitalista, que le permitió en su época ser tildado de “el Nietzsche bueno”, mantiene una potencia impactante que no debe ser desestimada.

            Como puede leerse en su “Esbozo de una moral sin obligación ni sanción”, Guayu mantuvo que la génesis del imperativo moral no tenía un origen sobrenatural, no descendía sobre el hombre desde las alturas de una revelación divina o desde la abstracción de una Idea con mayúsculas, desde fuera de él. Era la misma condición del fenómeno vida, su propia potencia desbordante, su propia abundancia, el hecho de que sólo crece gastándose, esparciéndose, lo que daba al hombre una triple fecundidad que le permitía actuar más allá de su propia supervivencia inmediata (nutrición y acrecentamiento son los dos aspectos básicos del ser vivo): una fecundidad intelectual que le lleva a imaginar y desarrollar explicaciones del mundo; una fecundidad del sentimiento y la emoción que hace que tengamos “más lágrimas de las que hacen falta para nuestros propios sufrimientos, más goces en reserva de los que justifica nuestra propia felicidad”; y una fecundidad de la voluntad que lleva al hombre a actuar, construir, producir, modificar el mundo con su propia capacidad de trabajo.

            Fecundidad, pues, abundancia de energía que es necesario, imprescindible stricto sensu, que se gaste para que el organismo crezca con armonía. Esa es la esencia de la vida. Y ese es el fundamento natural, no divino, de la moralidad misma. Si pensar es, necesariamente, hacer. Si no hay oposición entre ambos términos “en un organismo sano”, cada uno hace lo que puede, y lo hace porque puede hacerlo. Cada uno se marca el ideal apropiado a su propia potencia, expresión de su propia abundancia. Cada uno, en definitiva, debe hacer todo lo que puede hacer, precisamente porque puede hacerlo. No hay un bien y un mal predeterminados. Es la propia tensión de la vida, en el ascenso que permite, la que impone de qué es capaz cada cual y, por lo tanto, cual es su deber moral. Deber sin más sanción, por otra parte, que la propia expansión de la energía vital del individuo.

            Una ética esencialmente vital y solar. Voluntad, potencia, despliegue de la fuerza, conceptos caros a su contemporáneo Friedrich Nietzsche. Pero Guyau es el Nietzsche “bueno”. Si para Nietzsche la mayor expresión de la abundancia de vida es el dominio, para Guyau es la comunión con el resto del universo, la generosidad es la marca de una energía acrecentada. Regalarse es expresión de una potencia superior. Una oposición menos marcada de lo que pueda pensarse, no en vano Guyau también ve a la lucha, al afán de superación y al amor al riesgo como expansiones de la fuerza vital, y el propio Nietzsche, aunque despreció la compasión, no dejó nunca de hablar de la “virtud que hace regalos”. Coincidencias que no son tan aleatorias: Nietzsche tenía, según se cuenta, el “Esbozo” en su mesa de trabajo, profusamente subrayado y anotado con glosas laudatorias y feroces críticas.

            Y, por supuesto, si se habla de moral, también lo hace de educación. Guyau le dedicará un libro que se publicará tras su muerte: “La educación y la herencia”. Su definición de la enseñanza es clara y diáfana:

            “Investigación de los medios de formar el mayor número posible de individuos en plena salud, de facultades físicas o morales tan desenvueltas como sea dable, capaces por lo mismo de continuar el progreso de la humanidad”.

            Hablamos, en definitiva, de una pedagogía que sea capaz “de adaptar a las generaciones nuevas a las condiciones de vida más intensa y más fecunda para el individuo y para la especie”. Todo ello con un triple fin:

            “Primero, desenvolver armoniosamente en el individuo humano todas las capacidades propias de la especie humana y útiles a la especie, según su importancia; segundo, desenvolver más particularmente en el individuo las capacidades que parecen serle especiales hasta donde no dañen el equilibrio general del organismo; tercero, contener y someter los instintos y tendencias susceptibles de perturbar este equilibrio.”

            Una defensa, en resumen, de una educación integral, racional y antiautoritaria que, aunque con sus claroscuros –como algunas de sus posiciones respecto a la mujer- le harán figurar en el popular “Breviario educativo libertario” de Tina Tomossi, por derecho propio.

            Así pues, Guyau, el filósofo de la fecundidad de la existencia, de la vida que se desborda, lo fue también de una educación humanista fundamentada en una ética de la propia potencia. Pese a que murió muy joven, leer a Guyau es deleitarse con la expresión de una personalidad poderosa.


            José Luis Carretero Miramar.


             

            

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