viernes, 13 de junio de 2014

No quiero ser Zizek

NO QUIERO SER ZIZEK.

(Publicado en el blog del periódico Diagonal "Economía para todos")

                En una entrevista reciente, el señor Slavoj Zizek se ríe de sus alumnos de la Universidad de Nueva York. Afirma que son “idiotas y aburridos”, que “le daría igual que se suicidasen”, que no entiende que “le cuenten sus problemas personales”,  y muchas otras cosas semejantes. No es la primera ocasión en que uno de los mayores héroes actuales de la postmodernidad  izquierdista hace declaraciones polémicas y feroces, no hace mucho ya corría por las redes, con ansia viral, un vídeo en el que se reía de zapatistas y communards y afirmaba que la democracia directa es imposible y que lo que él desea es un gobierno de Tsipras reelegido ininterrumpidamente con “porcentajes búlgaros”  (el propio Tsipras, en el mismo video, se carcajeaba complacido ante todas y cada una de las fanfarronadas de Zizek).
                La ventaja que tenemos los profesores de secundaria de la Comunidad de Madrid es que no tenemos que endeudarnos con una entidad financiera para pagar una matrícula, ni que irnos a Nueva York, para oír perlas de sabiduría de semejante  magnitud. En realidad, lo que el sr. Zizek  dice (y hasta el mismo tono en que lo dice y la misma pretensión de sentirse un “divino provocador” al decirlo) no es más que lo que cualquiera puede escuchar en casi cualquier Sala de Profesores de cualquier instituto público de nuestra región, cuando los docentes, en su mayoría votantes de la derecha y cansados de su profesión, abren la boca para soltar exabruptos contra sus alumnos.
                El “resentimiento de la Sala de profesores” (ese “que malos son mis alumnos” y “como los odio”) puede ser un motivo como otro cualquiera para iniciar una conversación, una válvula de escape para tensiones cotidianas, o una mezquina venganza psicológica frente a gentes que tienen, en mi caso por lo menos, entorno a los 18 años y, previsiblemente (aunque ya sabemos cómo es en realidad nuestra sociedad al respecto), más actividad sexual que yo (o que Zizek). La mayoría de las veces no es más que una forma de expresar el cansancio por el día de trabajo que no pretende convertirse en canónica. Lo que hace realmente digno de mención el episodio de Zizek es que el mismo diga esas cosas, conscientemente, en público, y que su coro de palmeros transnacional lo aplauda, exactamente como aplaudió sus lugares comunes sobre zapatistas y asamblearios. Lo que marca la diferencia (por la que no estoy dispuesto a pagar un billete a la Gran Manzana, todo hay que decirlo) es que estamos ante el que parece que pretende convertirse en el  Hermann Terscht de la izquierda, a fuerza de decir exactamente las mismas cosas que el otro Hermann Terscht (nuevamente, lo cierto es que en la Comunidad de Madrid tenemos ventajas en muchos aspectos).
                Lo principal, permítaseme mencionarlo, pese a que no soy más que un pobre “profe” de instituto, es que el señor Zizek, con sus declaraciones sobre sus alumnos,  ha firmado una directa renuncia a su condición de intelectual. Ni más, ni menos. ¿Por qué digo esto? Porque recogiendo la definición sartriana al respecto, entiendo que un intelectual no es más que un científico o un técnico que, dándose cuenta de las contradicciones que implica su posición en el seno de su sociedad (el sistema te enseña y te pone en una posición social concreta para utilizarte, pero lo que te enseña tiene unas exigencias propias y puede ser utilizado para liberar), reflexiona sobre ello, trabaja sobre ello, lo pone en cuestión, sean cuales sean sus conclusiones, que siempre son tentativas. Zizek renuncia a embarcarse en dicha dinámica cuando renuncia a implicarse, a comprometerse, con la realidad en la que está, con su condición de profesor. Si sus alumnos le cuentan sus problemas personales, el profesor esloveno debería preguntarse por qué, interpelar a sus alumnos al respecto y, también, explicarnos que piensa sobre ello, más allá de reiterar las perlas inanes de quien pretende “epatar a los niños”.
                Epatar a los niños, porque “epatar a los burgueses”, que es lo que parece querer hacer gran parte de la progresía postmoderna (ese “pensamiento de la derrota”, que diría Nestor Kohan)  se ha vuelto cada vez difícil. Total, en “Sálvame” hablan con absoluta normalidad del incesto o del sexo oral homosexual , así que epatar sale cada vez más caro. Ya sólo se puede epatar a los niños, a algunos  supernumerarios del Opus (que no a todos) y a los activistas políticos universitarios y pseudo-radicales, que en muchos aspectos son como niños.
                Reflexionar sobre la propia condición de profesor, implica operar un diálogo fructífero con los alumnos. Un diálogo que no es adulación, pero tampoco pura pose televisiva. La acción pedagógica  es una actividad con una alta carga emotiva y cognoscitiva, una actividad que necesita de intelectuales , es decir, de gentes que reflexionen sobre su propia acción y su propia posición social. Con el neoliberalismo, Zizek apuesta por el “profesor-showman”, la “estrellita refulgente” que marca las distancias y hace expreso el desprecio a los alumnos que, en las aulas, se amalgama a menudo con el clasismo más estrecho (lo cierto es que los chavales no responden a nuestro “habitus” de “clase media” universitaria: se mueven de otra manera, hablan de otra forma, tienen otros intereses). Escuchar a los alumnos, aunque a veces te carguen o estés cansado, sirve para saber qué está pasando, y para aprender y problematizar tu profesión. Si lo sabré yo, que estoy escribiendo esto ante la interpelación  de una alumna de Formación Profesional indignada, no por Zizek, sino por la posibilidad de que los demás “profesores izquierdistas” pensemos lo mismo de ella y sus compañeros.
                Lo cierto es que a mi mis alumnos no me parecen “idiotas y aburridos”. Bueno, no todos, no todo el tiempo, de todo hay. A mi mis alumnos a veces me interpelan, a veces me indignan, me entristecen, me hacen reír, temblar, emocionarme, gritar y enfadarme, prepararme la lección, sentir ternura, nervios o expectación pero, sobre todo, preguntarme qué diablos hago allí plantado explicándoles el despido o las cooperativas. Me hacen reflexionar, plantearme los usos sociales de mi profesión y el sentido de mi propia práctica cotidiana, complejizar y problematizar mi pensamiento, mi forma de ver el mundo y actuar en él.  Por eso no quiero ser Zizek, escondido en un Departamento, huyendo de los alumnos y odiando las tutorías, obligado a epatar cada vez más a los inepatables.
                Por cierto, me voy a clase. Ahí les dejo pensándoselo, agradézcanselo a mi alumna.

José Luis Carretero Miramar.




1 comentario:

El payaso tiene la palabra dijo...

Yo tampoco quiero ser Zizek. Salud compañero!