lunes, 31 de octubre de 2011

Crisis: resistencia y alternativas.

CRISIS: RESISTENCIA Y ALTERNATIVAS. ESBOZO DE UNA SOLUCIÓN.
(El presente texto está basado en la charla impartida el día 6 de septiembre en la caseta alternativa de las Fiestas de Alcorcón)
1.- LA CRISIS.
Que vivimos una enorme crisis civilizatoria es algo que ya nadie puede cuestionar. La gigantesca burbuja construida entorno al mercado inmobiliario se ha pinchado destruyendo todo en su implosión. El vacío en los balances del Gran Capital, que había apostado por la especulación y el crédito al ver obturado el crecimiento en la rentabilidad de las actividades productivas por el ensanchamiento de la contradicción básica entre el desarrollo de la capacidad y la limitación del consumo en una sociedad de clases, se ha intentado colmar con el empobrecimiento acelerado de las poblaciones.
Un empobrecimiento que toma la forma de unos planes de ajuste estructural enormemente regresivos que, a la imagen de los implementados en América Latina en los años 90, provocan una mayor contracción económica y una nueva bajada del consumo interno, impidiendo toda recuperación, pero posibilitando que la riqueza extraída sea utilizada para maquillar la “contabilidad creativa” de las entidades financieras.
Planes de ajuste que, en nuestro país, se han conformado como el sumatorio de toda una serie de medidas de una agresividad extrema contra la clase trabajadora: la reforma laboral más radical de las últimas décadas; una reforma de las pensiones que promete la miseria en la ancianidad para las generaciones más jóvenes; una reforma de la negociación colectiva que ha traspasado numerosas líneas rojas que, en lo referente a su encaje constitucional se suponían existentes; una reforma de la Carta Magna (considerada la intocable clave de bóveda del régimen nacido en la Transición) para blindar los intereses de los acreedores de la deuda externa española y la política de ajustes; y, además, todo un conjunto de modificaciones legislativas menores que, desde la reducción del salario de los funcionarios a la privatización de empresas públicas, están generando una quiebra sin precedentes de nuestro modelo social y la desaparición de nuestro, nunca desarrollado del todo, Estado del Bienestar.
Pero, cuando el fragor de esta batalla es cada vez más audible, pese al silencio más que cómplice de los medios de comunicación de masas, se nos plantea una pregunta: ¿qué podemos hacer? Y, sobre todo: ¿qué es lo que queremos en lugar de toda esta zarabanda de nuevos sufrimientos y esta promesa de degradación de nuestra sociedad?
2.- LA RESISTENCIA.
Para construir una alternativa a todo este desbarajuste, para organizar la resistencia a este Gran Saqueo, a este proceso de acumulación primitiva del próximo modo de producción social que se nos impone, debemos tener en cuenta que nos encontramos ante ciertas exigencias de la realidad, ante necesidades históricas insoslayables.
- Hemos de conseguir la unidad. Donde existían grupúsculos dispersos y capillitas y sectas en tensión cainita, debemos reconstruir los lazos y las redes, la “sociabilidad densa” y el trabajo en común, la confianza y el apoyo mutuo. La unidad de acción debe de asentarse sobre la tolerancia y el respeto, no sobre la imposición de una cualquiera de las tesis en conflicto. La unidad debe de expresarse en lo organizativo tanto como en lo cultural, en las palabras y los hechos, en la articulación de un discurso plural que parta de la existencia de una situación de urgencia y de un enemigo común, pero también de un acervo compartido de tradiciones y de prácticas.
-Hay que levantar una Gran Alianza de una dimensión nueva y ambiciosa que una a todos los sectores atacados por la furia neoliberal: la clase trabajadora (por supuesto), tanto fija como precaria; las “zonas grises” del mercado laboral (pequeños autónomos, becarios, migrantes, etc.); así como todos los sectores de la clase media empresarial y profesional que van a ser dinamitados y proletarizados por la crisis y por los planes de ajuste introducidos.
Debemos hacer conscientes a todos los sectores de que tienen que encarar, con toda urgencia, a un enemigo común: el Gran Capital transnacional y sus servidores domésticos, que han usurpado la soberanía nacional para empobrecerles.
Pero además (y debemos decirlo) una cosa ha de estar también clara (y le interesa a todos sectores, aunque ellos mismos no lo crean, como iremos explicando a lo largo del texto): la hegemonía dentro de esa Alianza ha de pertenecer a la clase trabajadora. Vayamos matizando cosas. Decimos “hegemonía”, no “dictadura”. Cada cual ha de tener plena libertad para defender y explicar sus posiciones y todas las propuestas deben ser escuchadas y valoradas. Y, además, si hablamos de la “clase trabajadora” no nos referimos a ninguna supuesta “vanguardia”, más o menos autoproclamada, sino al conjunto de sus integrantes: las asambleas populares están para eso. Lo que queremos decir es que no sólo es justo que la mayoría social pueda hacerse escuchar por primera vez, sino que, además, sin el compromiso directo de dicha mayoría cualquier intento de cambio es un espejismo. Ya hablaremos de ciertas ilusiones socialdemócratas sobre la “racionalidad” del poder. Además, hay que indicar que la clase media sola no puede sobrevivir a lo que viene, ni siquiera mediante un ilusorio “fascismo paternalista de los tenderos” que se ha vuelto imposible ante la integración transnacional de los mercados operada en las últimas décadas. Ya sólo cabe el fascismo global de los Fondos de Inversión y las grandes corporaciones. No hay un “Duce” del “pequeño propietario” esperándonos tras la esquina. La próxima desilusión será Rajoy. Él sabe bien quien le manda.
-Además, la situación impone poner en cuestión el régimen presente. No sólo el régimen de acumulación neoliberal, sino también el régimen político nacido con la Transición. Ellos mismos han marcado el territorio del enfrentamiento al dar rango constitucional a la exacción de la deuda. El keynesianismo (no hablemos del socialismo) ha sido declarado inconstitucional. Ya no tiene sentido discutir alternativas inexistentes (el uso de la Constitución para trascenderla) que han sido el inofensivo juguete conceptual de la izquierda parlamentaria desde hace tiempo. Se impone, con toda crudeza, la apertura de un nuevo proceso constituyente. Una modificación radical de las reglas del juego político que barra con la “partitocracia” ligada al sistema y abra nuevos espacios para la democracia en su sentido más profundo: democracia directa, régimen de asambleas, participación ciudadana, régimen de garantías y no de dictadura de una supuesta mayoría muda construida con el uso y el abuso de la financiación de los lobbyies y el apoyo de los medios de comunicación ligados a las transnacionales.
Y si se nos pide mayor concreción sobre como salir de esta crisis infernal, también podemos plantear medidas de absoluta urgencia que deberían de ser implementadas.
3-¿UN PROGRAMA?
Cuando hablamos de las medidas que se imponen en la actualidad para ser defendidas por la Alianza Social de la Mayoría debemos, como hizo en su día el Instituto de Ciencias Económicas y de la Autogestión (ICEA, www.iceautogestion.org) en sus documentos al inicio de la crisis, subdividirlas en tres grandes apartados:
-Medidas reformistas. Se trata de medidas claramente keynesianas que buscan una reactivación del crecimiento mediante un estímulo público basado en un sistema fiscal operativo y en la regulación de los mercados entregados al caos del más fuerte por las doctrinas neoliberales: hablamos de aumentos del salario mínimo y del empleo público; regulación de los paraísos fiscales; tasación de las transacciones financieras internacionales; recuperación de un sistema de impuestos basado en el principio de que pague más el que más tiene; conformación de una banca pública y reversión de los procesos de privatización, auditoría y repudio de la deuda ilegítima y odiosa…”Nada terrible”, dirán los más aposentados catedráticos socialdemócratas: “la realidad lo exige. El propio sistema acabará por implementar este programa”.
Ahí es donde se equivocan. Que la realidad lo exija no quiere decir que lo imponga. Para eso está la lucha de clases. Ese extraño motor de la Historia que todos creían gripado o en poder de uno solo de los contendientes. El sistema no es “racional”. Sino, no habríamos llegado hasta aquí. Todo está demasiado imbricado con todo para que los grandes financieros se levanten un día keynesianos y nos devuelvan al sopor del consumo por pura “racionalidad”. Tendremos que levantarnos. La lucha social es el demiurgo imprescindible de la Historia. Sólo si la exigencia se convierte en energía, si la razón se vuelve también fuerza, los cambios son posibles. Y eso nos devuelve al problema de la hegemonía: sólo si la clase trabajadora en su conjunto entra en la lid con decisión, esto puede tener algún tipo de solución “racional” (al fin y al cabo, hablamos de lo que es “racional” para los intereses de la mayoría., que el sistema degenere o colapse es tan “racional” en abstracto como cualquier otra cosa. Todos los sistemas lo hacen.) Y, para intervenir, la clase trabajadora tendrá sus propias exigencias. Eso nos lleva al siguiente arco de medidas.
-Medidas progresistas. Estamos hablando de medidas que expresen esa hegemonía proletaria en el cuerpo social, aunque no constituyan una sociedad sin clases: eliminación de las ETTs y la subcontratación, potenciación de las asambleas populares y los mecanismos de cogestión empresarial, recuperación autogestionaria de las empresas en crisis, fomento del emprendimiento social y cooperativo, control de las asambleas populares sobre los servicios públicos locales de un Estado del Bienestar “socializado”, inicio, en definitiva, de la construcción de otra economía por fuera del capitalismo.
Se trata de la conformación de un régimen de tintes populares y sociales, del estilo de ciertos países latinoamericanos, al despertar tras la noche de ajustes de los 90. Aunque, en virtud de nuestras características propias, con una comprensión mucho más profunda y extendida del espacio de la democracia directa. ¿Un “capitalismo progresista” en transición al “socialismo 3.0”? Quizás. Y ese es, precisamente, su problema. Lo que nos lleva al siguiente conjunto de medidas.
-Medidas transformadoras. No nos engañamos. El proceso antedicho (pues se trata de un proceso: con sus vaivenes, con sus avances y retrocesos, con sus indefiniciones, con sus contradicciones) no nos dará nada más que tiempo. Eso sí, un tiempo precioso. La crisis del capitalismo que encaramos no es puntual. Todos los sistemas tienen un final y todo apunta a que el colapso se acerca a pasos agigantados. El keynesianismo sólo nos salvará una temporada (es, incluso, dudoso que pueda hacerlo). Justo lo que tarde en enfrentarse con los límites ecológicos de un planeta devastado por la rapiña neoliberal. Se impone el fin del crecimiento sin fin. Y con él, el fin del capitalismo como modo de producción de la Humanidad.
Habrá que asumir el decrecimiento que viene y una nueva relación con el medio natural, con todas sus consecuencias en aspectos como el urbanismo, la alimentación, el transporte, etc. Y para que eso no se convierta en un colapso ni en una brutal amenaza para el conjunto de la especie, habrá que generar mecanismos de democracia directa operativos y justos que permitan seleccionar las modalidades e intensidades del decrecimiento desde la perspectiva de las necesidades sociales afectadas. Se trata de una democracia amplia, real y directa, no sólo en lo político sino también en lo económico, donde los experimentos de autogestión, soberanía alimentaria y desarrollo local, han de convertirse en el pivote de la nueva sociedad.
No se trata de una socialización forzada, ni siquiera estamos hablando, probablemente, del fin de la propiedad privada. Sí, quizás, del final del trabajo asalariado, sustituido por la cooperación de los productores libres (asociados o no) sobre un cuerpo natural en equilibrio y con un acervo de saberes ampliamente compartido. Un espacio del procomún que, respetando a los sectores que (como la propiedad familiar campesina, el trabajo autónomo o el pequeño emprendimiento) quieran subsistir por sus propias fuerzas, impida la explotación y la lucha feroz y sin salida por unos recursos esquilmados en los siglos devastadores del capitalismo.
Quizás lo veamos. Quizás no. Nada está escrito en las estrellas. Quizás, como Corto Maltés, el personaje de cómic de Hugo Pratt, debamos rasgarnos la mano para poder decir un día: “Mi fortuna me la hecho yo”.
José Luis Carretero Miramar.

¿QUIEN DEFIENDE LA PÚBLICA?

¿QUIEN DEFIENDE LA PÚBLICA?

            La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, se nos ha descolgado con unas tremendas declaraciones: los profesores en huelga son (dice ella) los que realmente están atacando y poniendo en peligro la educación pública en la región. Maneras de ver las cosas. Maneras de vivir. Veamos:

            Si entendemos la educación pública como lo hacen los políticos y financieros que mecen la cuna de esta crisis civilizatoria que, lo queramos o no, estamos viviendo, lo cierto es que tiene razón. Si entendemos los servicios públicos estatales como un nuevo yacimiento de plusvalor que extraer y que repartir entre amigos y socios, no hay duda de que alguien impide tan ingrata y (habría que suponerlo) necesaria labor: los trabajadores de la pública.

            Si entendemos que los profesores deberían elegirse a dedo y sin oposición, por ejemplo (tal y como está ocurriendo con los que la Fundación “Empieza por Educar” envía a determinados IES como el IES Villarejo), y que deberíamos convertir en dinero el derecho fundamental a la educación, así expoliado para pitanza de los menos (como el grupo Santander, al que pertenece la Fundación antedicha), que maestros y profesores se movilicen para defender sus puestos de trabajo y sus condiciones de vida no es más que un sacrilegio contra los sagrados altares de la socialización de los costes y la privatización del beneficio.

            Pero no olvidemos que el derecho a la educación, si ha de alcanzar a todos los ciudadanos sin exclusiones por razón de clase, raza o género; si ha de ser un pilar fundamental de una sociedad de la cooperación y el respeto a la diferencia; de la garantía de los derechos y la generalización del saber; sólo tiene unos defensores: quienes, en las calles y plazas, en los patios de los IES, sean padres, madres, alumnos o docentes, defienden (esos, sí, de verdad) lo público frente al gran saqueo neoliberal.

            Y esos defensores han de ser conscientes de una cosa: no están solos ni son los únicos atacados en esta carrera cleptocrática hacia el abismo del capitalismo financiero y especulador. La Sanidad, el agua, las formas de vida ligadas al trabajo, el conocimiento común, todo está al borde ser sernos arrancado por unos planes de ajuste que sólo benefician a aquellos que a los que les dimos nuestro dinero para que no se hundieran casi gratis, y ahora lo están usando para reducirnos a la servidumbre en base a lo que togas las religiones y cosmovisiones han condenado siempre con el nombre de usura.

            Las luchas deben confluir. Debemos levantar una gran alianza social contra los ajustes y la precariedad. Debemos defender lo público y las formas de vida ligadas al trabajo y a la socialización del conocimiento, al cuidado y a la reproducción de la vida. Y debemos hacerlo unidos pero democráticamente: sin dirigentes autonombrados que pretendan vivir de nuestro esfuerzo, sin politiqueros que nos empujen a las vías muertas de la pasividad y la delegación. La organización asamblearia es una necesidad del día.

            Tengámoslo presente: nuestra acción es la única partera del futuro. Hoy, ahora, no podemos elegir no elegir.


            José Luis Carretero Miramar.

SOY PROFESOR DE SECUNDARIA

Yo soy profesor de Secundaria, y además de la pública, y no siento decirlo. De hecho, estoy orgulloso. Por cierto, también lo estaría, y por las mismas razones, si fuera maestro de Primaria o de Infantil.   Aunque los medios de comunicación digan que no trabajamos, “como todos los funcionarios”, aunque nuestra alegre consejera piense que, para lo que hacemos, podríamos realizarlo en cualquier tipo de estructura física u organizativa. Pese a que el neoliberalismo brutal en el poder haya cargado contra nuestra profesión, nuestras condiciones de trabajo y nuestros medios de vida. Pese a las privatizaciones, más o menos encubiertas, la acumulación por desposesión, la masificación de las aulas, la “indisciplina” de los chavales, la obsolescencia de las directrices pedagógicas de Ministerio y Consejerías.
Pese a todo ello: soy profesor de Secundaria, y estoy orgulloso.
Y les diré por qué:
Porque pese a todas las dudas y las dificultades, a todas las limitaciones, a la degradación en que las consejerías han hecho sumergirse a la escuela pública; pese a las tentativas de privatización; a los miles de despidos de estos dos últimos años (pues eso es, en definitiva, no volver a llamar a un interino); pese a todo ello: nosotros si hacemos un trabajo útil para la sociedad. Extendemos el conocimiento más allá de los cenáculos del poder y la riqueza (justo lo que no quieren ni el poder ni la riqueza), enseñamos y aprendemos en común con las generaciones más jóvenes, colaboramos en el desarrollo de las potencialidades y la creatividad de las personas que nos rodean. Ciertamente, no todas las “profesiones” sufragadas con el erario público pueden decir lo mismo (y no me estoy refiriendo a los funcionarios de carrera, precisamente).
Hay quien sólo miente y engaña para vivir, y vive mucho mejor que nosotros. Nosotros, compartimos el conocimiento pese a la sociedad de clases, pese a las diferencias de nacimiento y de riqueza, pese a la feroz oleada de desposesión del capitalismo.
Es difícil trabajar en las aulas. Y más si hay que hacerlo sin los medios ni la organización adecuada. Hay quien quiere convertir la enseñanza en un ámbito degradado y en decadencia para poder hacer negocio privado con los derechos ciudadanos. Hay quien quiere convertir las escuelas en simples aparcaderos de parados, en lugares sin identidad donde se hacinen las nuevas generaciones, convenientemente sometidas al asalto televisivo, al impacto de una cultura de consumo que sólo pretende embrutecerlas para que las diferencias de clase puedan volver a ser cada vez más diáfanas.
Pero nosotros y nosotras nos vamos a oponer a todo eso. No sólo porque tenemos todo el derecho a luchar contra la degradación de nuestras condiciones de vida como cualquier otro trabajador. Sino porque, además, nuestra labor se desarrolla en un ámbito esencial para la convivencia ciudadana, para la conformación de una sociedad realmente democrática donde el conocimiento sea compartido, y no el privilegio de unos pocos.
Por todo eso: soy profesor de Secundaria, y resulta que estoy orgulloso.
Y aún diré más: lo cierto es que soy profesor de Formación Profesional.
José Luis Carretero Miramar

CONFESIONES DE UN ESTATÓLATRA

Es curioso. Un día me levanté estatólatra. Me tomé un café, me di una ducha, abrí el libro que había comprado el día anterior en la librería La Malatesta, y me descubrí: había un capítulo entero dedicado a mi librito “El bienestar malherido” (accesible en www.solidaridadobrera.org, en el apartado de “Campañas”), concretamente un capítulo titulado “Nuevos errores” (el título ya lo dice todo). El libro era “El giro estatolátrico”, de Félix Rodrigo Mora.  No voy a discutir aquí todo lo que se dice en ese capítulo. Quizás lo haga en otra ocasión. Tampoco voy a contar historias personales que no vienen al caso. Sólo voy, como buen “estatólatra”, pero “con tronío”, a divagar entorno a un par de cosas que me llamaron la atención.

En primer lugar, Félix mantiene (y se lo he oído en otros sitios) que el Estado del Bienestar es producto del fascismo y que las luchas sociales no tienen nada que ver con su instauración. Es como decir que las vacaciones pagadas o los aumentos salariales son un producto de la patronal, y que las huelgas y el sindicalismo no tienen nada que ver con su génesis. Admitámoslo, a los puros efectos dialécticos, aunque sea mucho admitir. Lo que no me queda claro, entonces, es ¿para qué diablos luchó toda esa gente?, ¿qué obtuvo? Miles de personas asesinadas, torturadas, exiliadas, millones de toneladas de sangre derramada…no consiguieron ningún tipo de mejora. Llegó el fascismo y ¡zas!, los engañó a todos. La historia del movimiento obrero, así, parece simple y llanamente un gigantesco error, una mascarada, casi una conspiración de toda esa hidra “liberal” tan increíblemente lista, que lleva siglos mandando sin oposición. Hasta ahora, por supuesto, que ya contamos con los libros de Félix. 

Luego, sinceramente, me parece que Félix, en lo práctico, no se termina de aclarar: nos dice que si “se suprimiera el Sistema Nacional de Salud (…) existiría una alta probabilidad de que se creasen servicios autogestionados de salud”, pero en otra parte del libro anima a luchar contra el copago y las privatizaciones, lo que es ampliamente contradictorio con el espíritu del conjunto del texto ¿En qué quedamos? Más bien parece que, ante lo endeble de la tesis principal, se incluye alguna que otra frase puntual que permita defender que no se está diciendo aquello que es corolario lógico de todo lo que se dice.

Porque, claro, si derribando el SNS la autogestión campará a sus anchas, se extenderá y cubrirá a toda la población proletaria (¡uy, perdón por el palabro “proletaria”, debe de ser un deje del pútrido “obrerismo”, casi tan malo como la “estatolatría”!), así, sin esfuerzo ninguno, y sin que millones de personas sufran en sus carnes el quedarse ayunos de toda asistencia sanitaria, y se vean abocados a la enfermedad, el dolor y la muerte;  deberíamos apoyar las privatizaciones, ¿no? ¡Que se queden los viejecitos sin pensión ni centro de salud público, que seguro que se autogestionan ellos solos, así, tal cual! No es por ser borde (ni estatólatra), pero lo cierto es que la realidad actual (y no la literatura etnográfica, que siempre es muy sufrida) de lugares sin asistencia sanitaria pública suficiente como Somalia o Haití, no invita a pensar que una cosa lleva a la otra necesariamente…salvo en la preclara mente de Félix y sus aherrojados seguidores

  Yo el caso es que pienso que si se quiere luchar por la autogestión de la salud habrá que extender los conocimientos médicos y sanitarios entre la población, y procurar mecanismos autogestionarios y de control popular de los centros de salud de los barrios. Y, para ello, lo primero que habría que hacer es defenderlos con uñas y dientes de la privatización y la especulación neoliberal (¡uaargg, otro palabro, este usado para “acallar las conciencias” y no sé cuantas cosas más).

Así que, si de lo que se me acusa, en definitiva, es de defender que los viejos tengan pensión y puedan dejar de trabajar (para algo lo han hecho toda su vida); que haya centros de salud donde no tengas que pagar (más); que todos los niños y niñas aprendan a leer y escribir, y alguna que otra cosa más que les alcancemos a enseñar los “educadores-mercenarios”, que esa es otra (y no sólo los hijos de los ricos); pues la verdad es que sí. Que soy estatólatra. ¡Mira que pasarme la vida entera sin saberlo!

Pienso que Capital y Estado están íntimamente relacionados, es cierto, pero precisamente por ello, creo que sólo la democratización y autogestión de los centros de producción y de vida colectiva puede constituir otro tipo de sociedad. Que no es retirándose a una cueva o a un convento como se puede levantar el armazón de un mundo nuevo. Que el barrio o el municipio tome los centros educativos o los ambulatorios. No abolamos nuestro propio poder de clase (¡jó, otro palabro!) escondiéndonos en un rincón apartado, pero muy “puro”.

Y eso nos lleva a una diferencia esencial con respecto a lo que afirma Félix. Hay quienes (seremos por ello estatólatras, o quizás cosas peores) no soportamos ni la metafísica ni la mística espiritualista. Intentamos ser profundamente materialistas, en el sentido filosófico del término, con todo lo que ello implica: hedonismo, nominalismo, epicureísmo cuando no defensa de los cirenaicos, ateísmo, etc. El idealismo filosófico de Félix es casi proverbial. Ahí está el odio al cuerpo y a la carne, al mundo material (“impuro”, “pancista”, “garbancero”) y la afirmación de la superioridad del espíritu y lo inasible (“el servicio desinteresado”). Una narrativa profundamente religiosa. Que, entre otras cosas, le lleva a considerar el capitalismo como un asunto “de ideas” o de textos, y no de intereses reales de seres humanos concretos. Así, los “liberales” defienden determinados conceptos (“el Estado”, “el trabajo”, etc.) que pasan a estar contaminados por ellos más allá de cualquier análisis táctico de la situación concreta (quien, en el paro, reivindica un trabajo, no sería más que un colaborador del Mal, como quien reivindica un centro de salud público, ante la inexistencia de alternativas). Claro, lo bueno es que “el mundo de las Ideas” necesita de buenos intérpretes que sepan jugar con ellas y combinarlas en bonitas conjunciones, y no de intervenciones prácticas en lo real (que siempre son, de una manera u otra, “impuras”). Ahí aparece Félix.

Ahora bien, lo mejor del capítulo que me dedica es, sin duda, la nota al pié número 58, en la que manifiesta su perplejidad porque en otro libro mío (“Entender la descentralización productiva”, ¡hay que ver que propaganda me hace este chico!) celebro las luchas de los trabajadores del Metro de Madrid contra su empresa (estatal y pública). No sé si dichos trabajadores estarán tan perplejos como él, dado que tengo el honor de conocer a los más combativos desde hace algunos años y no me han dicho nada al respecto; pero lo que sí me parece contradictorio es su planteamiento, ¿para qué debían, según él, luchar estos trabajadores? ¿Para exigir la privatización de la empresa? ¿Para pedir “servir desinteresadamente” a todos los madrileños? Si les dan algo, ¿no será que la patronal quiere y le interesa, y les está engañando? ¿No debían rechazarlo?

En fin, que no termino de entender toda esta maraña. Será que soy un “estatólatra” irrecuperable, un “hedonista” incorregible, un “obrerista” pútrido.

Vamos, que defiendo una sociedad de bienestar para todos, de autogestión generalizada, sin explotadores ni explotados, con pleno derecho al placer y la alegría para hombres y mujeres.
José Luis Carretero Miramar.
PD: Por cierto, lo que sí llega al mal gusto, son ciertas afirmaciones del libro sobre el feminismo y la represión estatal, en las que prácticamente se acusa de colaborar con la tortura y la violencia patriarcal a sus propias víctimas. Ahí de verdad se pasa tres pueblos. Quiero imaginar que no lo releería.